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José Joaquín Álvarez de Toledo y Silva. XVIII duque de Medina Sidonia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Siglo XIX

Francisco Álvarez de Toledo, 16º duque visitó Sanlúcar y tomó posesión. Militar de carrera, desterrado y degradado, por participar en el motín de Aranjuez, se retiró de la corte por poco tiempo, pues el 2 de mayo de 1808, estaba de vuelta en Madrid. Ocupada Sanlúcar por los franceses, el palacio sirvió de cuartel. Al término de la guerra, se remozó como de costumbre. En tiempo de Francisco, despareció la figura del señor jurisdiccional y se decretó la primera abolición de los mayorazgos. En el de su hijo, desaparecieron definitivamente.

      Pedro Álvarez de Toledo, 17º duque, no tardó en tener problemas políticos. Desterrado de la corte por decreto general contra liberales, en 1823, vivió en Sanlúcar. En su tiempo se arrendaron bajos y cuadras, para bodegas, figurando un Barbadillo entre los primeros inquilinos. En 1827 se proyectó, por primera vez, hacer del interior del palacio apartamentos.

      En 1830 el duque estaba en Nápoles, manteniendo relaciones con el carlismo, como no pocos liberales, opuestos a la dictadura arbitraria, que ocultaba la corona, tras un liberalismo de etiqueta. En 1837 le fueron embargados los bienes en ausencia. Les salvó de la subasta el hecho de que aún estuviese pendiente la testamentaría del padre. Y los bienes a nombre de todos los hermanos. Fiel a la causa, no se acogió a la amnistía de 1839. Perdonado en 1847, por intercesión del hijo, José Álvarez de Toledo, 18º duque, se asombró, entrando en Sanlúcar, al ver las paredes del Salón de Embajadores, donde se celebraba el baile municipal de carnaval y se reunían los notables, cubierto de pinturas procaces, lamentando el encargado lo mucho que padecían las baldosas, con motivo de los festejos.

      Remozada la casa en profundidad, se introdujeron reformas lamentables. Se ocultó la viguería tras cielos rasos y en la restauración del Salón de Columnas, desaparecieron las pinturas del techo, recubriendo de estuco, con pomposo escudo en el centro y chimenea documentada en el siglo XVI. Empapeladas y enteladas las paredes, en cristal esmerilado de la escalera, José Joaquín Álvarez de Toledo y Silva introdujo las armas de su mujer, Rosalía de Caro.

      Pedro Álvarez de Toledo murió en Madrid en 1867, un año antes de caer Isabel II. Había regresado a la gracia, pues era senador. En su testamento, el duque se saltó a José Joaquín Álvarez de Toledo y Silva, dejando el palacio, con el Coto de Doñana y otros bienes, a su nieto Alonso Álvarez de Toledo y Caro, conde de Niebla, casado con María Caballero Muguiro.

      En el palacio se multiplicaron los vecinos, buscando la autofinanciación. posteriormente, lo tomaron las monjas para usarlo como colegio ofreciendo una oferta de compra que no se llevó a cabo, por considerarla insuficiente.

      En 1874 se hicieron planos, para convertir el palacio en una casa de vecinos en el bajo, cerrando los arcos, preservando el piso principal donde están los grandes salones. Fallecido en 1897, sin hijos y en vida del padre, dejó los bienes por testamento a su viuda, que sólo pudo reservarse el usufructo.

 

 

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