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1297.Privilegio de Sanlucar. AGFCMS, Leg.909
 
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Arcos apuntados perteneciente al antiguo ribat hispanomusulmán. Siglo XII
 
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Pórtico del antiguo ribat hispanomusulmán. Siglo XII
 

Siglo XI - XIV:

Los primeros Guzmanes, trashumantes como los reyes, no residieron de asiento en Sanlúcar, aunque a juzgar por los numerosos documentos, que están fechados en la casa, debieron pasar largas temporadas. Con el paso del tiempo se hicieron pequeñas compras de inmuebles cercanas al Palacio. Así Enrique de Guzmán, 2º Conde de Niebla, compró en 1424 “casas e sobrados e corrales”, en el “postigo de la Mar” que vendieron los hermanos Ruy y Pedro de Solván, bachiller en leyes, vecino de Sevilla, en 15.000 maravedís de la moneda “usual", cobrados el 2 de octubre en Sevilla. La escritura se firmó el 15 en Sanlúcar, apareciendo el duque como "señor de las Islas de Canaria".

      Construcción de adobe, reforzada por arcadas de ladrillos, abiertas o ciegas, la inclinación hacia afuera, que se observa en los gruesos muros exteriores, es intencionada. Como en otras construcciones de la época, contribuye a mantener el equilibrio. Formado el conjunto por muros paralelos, trabados de trecho en trecho por otros perpendiculares, el trazado es irregular, marcando en el centro ángulo de 90º. Tabiques reparten el espacio, siendo costumbre en el pasado trasladarlos, como las chimeneas y cocinas, modificando el hábitat al gusto del ocupante.

      Tejados de teja morisca y terrados, se impermeabilizaban con láminas de plomo, que los depredadores del siglo XIX, al subir el precio del metal, cambiaron por tierra. Hoy los reemplazan los impermeabilizantes al uso. Los balcones no aparecen hasta finales del XVI. Los anteriores son pequeños y están protegidos por un voladizo. Raro y caro el vidrio, suplían telas enceradas, más aptas a la ventana en forma de ojo de llave, arriba señalada.

      Característica de los Guzmanes, fue la ausencia de sentido de la intimidad. La "cama" de "colgadura", con armazón de madera, era conjunto de dosel y cortinas, que se consideraba aislamiento suficiente. Era frecuente que los salones albergasen varios lechos, descansando los colchones en tableros.

       Las testamentarías describen un mobiliario escueto. Inexistente el armario, las primitivas alacenas se reducían a hueco en el muro, cerrado por simple cortina. Ropas y otros efectos se guardaban en arcones, a los que no se prestaba valor, no tardando en adquirirlo el bargueño. Como el "bufete", los encontramos individualizados y tasados. La incómoda jabuga, se utilizaba con moderación, no tardando en imponerse el más confortable frailero y la silla, más o menos historiada. Mesas y bancas solían ser plegables, según corresponde a sociedad acostumbrada a la guerra, obligada a huir, cuando menos lo esperaba. Cubiertas las mesas por sobremesa, no parece que las destinadas a la sala de estudio de los pajes, fuesen en principio muy diferentes a las utilizadas en cocina y el comedor. Hasta el primer cuarto del siglo XVI, abundan ropas y objetos "moriscos". De uso, son menos apreciados que los importados de una Europa, de la que llegó el reloj y muchas cosas más.

      El "estrado", o lugar de representación de un acto, como impartir justicia o recibir al consejo de estado al igual que lugar de honor donde se situaba el duque, se conservó hasta el advenimiento de los Borbones, era lugar de recibir. Cubierto el suelo de alfombras, el mobiliario se reducía a cojines de telas ricas. A Mediados del XVI, aún hacía juego con las colgaduras, de damasco, brocado o tapicería, que cubrían paredes y puertas. No hay indicio de que los duques utilizasen sillón con dosel, antes de que la faltosidad del 5º duque lo hiciese necesario. Obligado a esconderla, fue rodeado de decorado y parafernalia protocolaria, que al intimidar al visitante, le impedía detectar la falta de seso de personaje debidamente enmarcado.

      La cerámica, vidriada o no, se utilizaba tanto en el interior como en el exterior. Adornaba zócalos y hasta muros, pero no parece que se usase como solería. Se prefería el ladrillo, puesto en "sardiné" o espiga, utilizándose en el empedrado, que se ponía por "tapias". En los altos primaba la tablazón (de madera), que se conserva en la biblioteca. El salón de columnas tuvo suelo de tierra apisonada, esterado bajo las alfombras, hasta que en el siglo XVIII se puso de loza de Málaga.

      Levantado en la parte baja, se han encontrado restos de estuco pintado, con connotaciones romanas, pero al haber aparecido en material de relleno, no es posible atribuirlos al edificio, en cuyas paredes apenas se han encontrado trazos de decoración medieval. Probada la afición del 2º Conde de Niebla, sus sucesores y quizá de sus antecesores, en el monasterio de San Isidoro del Campo, cabe que algunas estancias del interior, estuviesen decoradas al temple. En los primeros inventarios, las pinturas son escasas. Aparecen algunas tablas "antiguas", generalmente parte de retablos transportables, propios de caballero, acostumbrado a viajar, tanto en paz como en guerra. Las telas parecen ponerse de moda, como elemento de decoración, a finales del siglo XVI.

      La costumbre de "colgar" las casas, cubriendo el interior con "paños" , el paño siendo antecesor del tapiz, quedaba de rutina durante el verano, pero era necesidad en el invierno, preservando de la humedad en el interior de edificios, construidos en adobe o piedra. Ya en el siglo XIII hubo "paños" con figuras, pero durante mucho tiempo primaron los adamascados y de brocado. Originalidad rara los de figuras, cuyo ejemplar más señero, del siglo XI, se conserva en Bayeux. No tardaron los de "verdura", importados de Francia y Flandes, en incluir escenas con personajes, en el marco de "floresta". La demanda aconsejó insistir. Del fragmento de anécdota se pasó a la serie. El Viejo y Nuevo testamento, la historia y la mitología, prestaría argumentos a los tejedores. En el siglo XVI, las casas de alquiler de mobiliario, negocio floreciente en la corte, cobraban más por el tapiz de figuras, que por el de verdura, siendo apreciada la tapicería de Alejandro, por tres generaciones sucesivas.

      En el siglo XIX se elevó el nivel del suelo en la cuesta de Belén, enterrando las bases de los pilares y el pozo que se encontraba en la última arcada y que servía de lavandería y a finales del siglo XX, se realizaron unas obras de restauración con tal desatino que en lugar de restablecer el antiguo nivel de la cuesta marcado por la placa de argamasa, el arquitecto reinventó el conjunto rompiendo la placa de argamasa del muro que conserva los contrafuertes para incrustar unas escaleras, destruyó el pozo porque no estaba en sus planos y cerró lo que quedaba de la "calle Jardines" con una fuente.

 

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